Las mil Manos de Dzahn-Rogg

Le Reina sin Mano.
Lea Foxton

Algún lugar de Australia, 13 de junio de 2011

Amalian Foxwell despertó súbitamente de un agitado sueño. No sudaba, porque no había sido una pesadilla, pero respiraba entrecortadamente. Rápidamente, y casi por costumbre, alzó su mano derecha hasta la altura de los ojos. Pero su mano no estaba envuelta en licra azul eléctrico, ni tampoco iba armada con un bazooka de protones.

Mierda. Mierda. Mierda. Tres veces mierda.

Se incorporó un poco y, por si acaso, apartó las suaves sábanas. Pero ahí estaba su cuerpecillo endeble, cubierto por un inofensivo pijama de Super Mario.

Aunque Amalian era de naturaleza madrugadora, dormir era una de sus actividades favoritas. Dormir era el equivalente a jugar a un videojuego, solo que la protagonista era ella. No digo que la vida no le diese emociones, pero cuando llegaba la hora de acostarse, la aceptaba como un momento tan emocionante como el de sujetarse los auriculares a la cabeza y encender la pantalla vibrante.

Cerraba los ojos, casi emocionada, pero no tardaba en dormirse. Para cuando su respiración no era más que un leve susurro, su mente ya había comenzado a maquinar por voluntad propia. Mundos inimaginables, criaturas de ensueño y atmósferas absorbentes, espadas con nombre propio e historias largas como ríos, animalillos horripilantes, magia, dragones, personajes extravagantes de mentes prodigiosas, montañas que levitaban del revés y ciudades que vagan por el espacio-tiempo como si nunca hubieran existido, como si siempre hubieran estado ahí… Y lo mejor de todo ocurría siempre, en todos y cada uno de sus sueños:Ella era la protagonista. Comenzaba en una ciudad que no existe, con una ropa imposible y con un propósito en la mente. Viajaba incansablemente, con una determinación inconcebible, y a cada paso que daba su espada se hacía más fuerte, su pistola disparaba con más celeridad, y su corazón ardía con más intensidad. De vez en cuando le acompañaban algún que otro camarada; envueltos en una misteriosa capa, resultaban ser los mejores compañeros del Camino, con los que llegaba a compartir toda clase de emociones. Finalmente y cuando eran muy poderosos y conocidos allá por todos los reinos del mundo inexistente, un terrible enemigo se interponía entre ellos y su ansiada meta. La batalla era grandiosa, toda clase de magias se unían para combatir al malhechor. Este acababa por mermar sus fuerzas y acabar postrado ante ella, con aquella sonrisa patética de los malvados que, sabedores de su inminente destrucción, tienen humor para hacer una última y horrible broma acerca de ti o algún que otro familiar muerto, acerca de alguna dolorosa traición… Pero el final siempre es el mismo para el mal. Era entonces cuando Amalian, con una mirada que parecía tener mil años, una determinación y solemnidad infinita, se hallaba imponente ante él; ante los ojos de los hombres buenos y ante los ojos de los dioses, con el mandoble en alto, a punto de dar la estocada final…. Y entonces despertaba. Siempre despertaba. A veces, los sueños eran tan intensos que abría los ojos justo a tiempo para que un par de lágrimas resbalasen, y se incorporara con un gruñido de impotencia.

Esta vez el sueño había sido bastante tranquilo, pero tampoco había podido acabarlo. No lloró, porque ya estaba acostumbrada.

Llorar es de débiles. Y de princesas, y de hombres sin honor.

Se vistió cómodamente, como siempre hacía: Una camiseta fina, de manga larga, y una camiseta de manga corta encima (eso en verano, en invierno era un jersey) y unos pantalones de lino. Se cepilló el pelo corto bruscamente con el recio cepillo de su padre, pero no se lavó los dientes. Qué idiotez, ya lo haré después de desayunar. Su madre siempre discutía con ella por el mismo tema. ¿Qué sentido tenía lavarse los dientes para después comer y volver a lavárselos? Su madre estaba loca. Todo el mundo lo sabía.

Después de asearse se quedó mirando su reflejo en el espejo, como siempre hacía. Una niña de unos catorce años, de melena corta y cobriza, cara redondeada, múltiples pecas y mirada hosca le devolvió la mueca. No sobresalía en nada especialmente; aun a sus catorce años, su cuerpo no se había desarrollado del todo. Tampoco amenazaba con que fuera a hacerlo mucho más.

Aun así, a ella no le molestaba. Se dio un par de palmadas de ánimo y bajó las escaleras, saltando los peldaños de dos en dos.

Su padre la esperaba en la mesa de la cocina, sirviendo un par de huevos a un plato aún sin dueño.

–¿Tienen la yema poco hecha?–Gruñó Amalian.

–Si, cariño.

Su padre cocinaba que daba gusto. Con una sonrisa taimada de los que hacen aquello que más les relaja en la vida, el hombre giraba los huevos y el beicon con maestría.

–Tu madre ya ha salido. Más vale que no llegues tarde, que yo no se a que hora entras a clase.

–Tranquilo, padre, no me demoraré.

Su padre ensanchó la sonrisa, sin dejar de mirar el beicon humeante. Su madre estaba loca y se pasaba el día chillándole por todo, pero su padre siempre tenía unas palabras suaves para ella. A veces le hablaba con aquella solemnidad, como si se tratase de un rey y ella fuera su primogénita. Su padre encontraba gracioso aquello, pero su madre siempre soltaba un bufido y gruñía acerca de lo poco éticas que eran aquellas historias.“Los reyes ya no existen, y las espadas se pudren en vitrinas. Cómete el puddin, Amalian” Se alegró de que no estuviera ahí, su padre parecía ser la única persona cuerda de toda la casa. Solo lo había visto realmente enfadado una vez, hacía ya mucho tiempo, cuando un hombre de traje había intentado entrar en su casa, por la fuerza, por alguna razón. Su madre la había mandado arriba, pero ella había llegado a escuchar el único grito que había dado su padre a lo largo de su breve vida. No recordaba qué había sido, ni porqué, pero si recordaba cómo se le erizó el pelo y cómo se metió en su cama. Desde entonces, odiaba los hombres de traje. Pese a ese desagradable recuerdo, su padre aparecía en su mente con una mirada inteligente, taimada, expresión afable y pelo rojizo medio canoso. Él era la persona que más quería en esa casa, a excepción de… Cuando ya estaba terminándose el huevo, que era lo que más le costaba tragarse a tales horas de la mañana, alguien abrió la puerta de la entrada.

–Ah de la casa. ¿Familia…?

A Amalian se le cayó el tenedor. Dio un brinco desde la silla, rebasando el respaldo, y corrió por el pasillo a punto de tropezarse. Su hermano, que cerraba la puerta sin hacer mucho ruido, se dio la vuelta de repente y una mueca fugaz de pánico le cruzó el rostro. Amalian dio un salto y cubrió los últimos dos metros sobrevolando el pasillo. Estampó a su hermano contra la puerta y lo estrechó hasta que éste ahogó un gruñido. David la apartó como pudo y ella le dedicó una sonrisa radiante; respiraba con fuerza y tenía las mejillas rojizas.

–Vaya. Ya veo que no me habéis echado de menos.

Amalian le dio un puñetazo en el hombro y soltó una carcajada. Su hermano Dan tenía veinte años, y era muy parecido a ella; ojos claros, pelo anaranjado, pero menos pecas. Era más alto que su padre, y puede que la persona más importante de su vida. Habían estado juntos desde pequeños, y él siempre había sido su mentor, su apoyo, su sensei, en una casa en la que su madre gritaba demasiado y su padre tenía demasiado trabajo. Le había puesto un mando de Play Station en las manos cuando tuvo edad, y la había guiado en todas sus aventuras. Cuando Amalian cumplió los diez años, su hermano no le hizo ningún regalo. Sólo una promesa:

“Cuando menos te lo esperes, tu y yo haremos que vivas tu propia aventura. Verás mundos que ni te imaginas, y tu arma brillará sola en la noche. Haremos de lo incierto algo tan certero como la propia vida, y todo saldrá de aquíÇ” Le puso un dedo en la cabeza. Dan puso aquella voz que ponía cuando imitaba a los héroes de los videojuegos, así que Amalian supo que era verdad. “¿Lo dibujarás tú, hermano?” Su hermano sonrió y la abrazó. “Tú serás la Reina, yo seré tu mano, y tu palabra irá al cielo”

Desde entonces, cada año inventaban nuevos mapas, nuevos personajes, nueva magia, y sus ratos libres se basaban en especular quién mataría a quién, quién amaría a quién.

Pero Daniel fue creciendo, la magia quedó a un lado, y los estudios ocuparon su lugar. Y las chicas. Y el alcohol. No me malinterpretéis, Daniel era un chico excelente en todos los aspectos, pero una diferencia de seis años de edad acaba pasando factura.

Daniel se echó novia un año atrás, y desde entonces había estado viajando con ella y sus compañeros de clase, a veces hasta meses enteros. En aquel momento, Dan volvía después de medio mes de viaje, pero a Amalian sus ausencias se le hacían una pesadilla. De repente se le ocurrió algo.

–Dan, aguarda.

Subió las escaleras corriendo.

–Si, mi señora. -oyó que le decía él, desde abajo. Por su voz supo estaba sonriendo.

No me toma enserio aún. En cuanto vea esto, lo hará.

Rebuscó en su escritorio unos papeles olvidados. No estaban. ¿Cómo podía ser que no estuvieran? El suelo de su habitación se convirtió en una marea blanca pintarrajeada antes de que se acordara de cierto objeto. Dio un brinco y se agachó, metiendo un brazo debajo de la cama. Y allí lo encontró. Era del tamaño de una carpeta, con bisagras de metal y un candado, un cofre. Y lo que más le gustaba de aquel cofre es que era de madera. Miento; lo que más le gustaba de aquel cofre es que era un regalo de su hermano. Cuando era más pequeña fantaseó con llenarlo de monedas y esconderlo en alguna esquina del jardín, hacer un mapa y beberse algún brebaje que le hiciera perder la memoria. Pero ya tenía catorce años, y ahora solo guardaba papeles, mucho más importantes que el dinero. Eran historias, todas las historias que había estado recopilando mientras su hermano se ausentaba. También dibujaba, a veces, pero el que realmente dibujaba bien era su hermano, así que ella le describía personajes y lugares y él los creaba con solo un lápiz y un papel. Recogió todas las historias y bajó corriendo hasta la cocina, donde su padre y su hermano se habían sentado en la pequeña mesa de desayunar. Su hermano estaba serio. Su padre sonreía, pero solo con la boca. Amalian se sentó al lado de Dan y colocó todos los papeles, esparciéndolos como si fueran cartas.

–Dan, Dan, tengo una espada nueva para Jacke, y Mushoo no viene de donde creíamos, ¿no es increíble?

–Amalian…–Su voz sonaba cansada.

–Isla Remota está muy al sureste, así que he decidido que no se enfrentarán a Sahuffle una vez consigan el barco, sería demasiada travesía.

–Amalian…

Ella revolvió los papeles y sacó uno que tenía un dibujo. No se asemejaba ni de lejos a los de Dan, pero estaba bastante orgullosa de él.

–Éste es Sahuffle. ¿Recuerdas que no le poníamos rostro? Te fuiste antes de poder dibujarlo, así que lo he hecho yo– sacudió el papel frente a la cara de Dan.

El chico no dijo nada. Siempre solía alabar sus dibujos, cuando se atrevía a poner rostro ella sola a algún personaje, pero en aquel momento no dijo nada. Sólo clavó la vista en los papeles de la mesa, con mirada triste. Amalian tragó saliva.

–Dan, Dan, también he hecho el mapa de Bahamor; aquí esta fuerte Krashia, pero no sabía dibujar a los señores hielo, eso es trabajo tuyo…

Daniel puso una mano sobre el montón de folios escritos. Amalian paró en seco de rebuscar y lo miró a los ojos. Su padre ya no sonreía.

–No.

–Escucha…

–No. No. NO.

Daniel se masajeó las sienes cerrando los ojos, evitando mirar a su hermana. A la chica se le empañaban los ojos con cada parpadeo.

–Me lo prometiste.

–Amalian, me han dado una beca.

La chica encajó las palabras como un mazazo en el pecho. A su hermano nunca le habían dado una beca, hasta ahora. Sabía lo que eso significaba: que se iba lejos.

Llorar es de débiles.

–Amalian, es una oportunidad única.

–¡¡NO!!– Dio un puñetazo en la mesa y varias hojas salieron volando– Eres un embustero.

–Volveré, lo sabes. Y lo terminaremos.

–El año pasado también íbamos a terminarlo. Y te fuiste. Siempre te vas. ¡¿Qué es un Rey sin su Mano?!

Llorar es de débiles.

–Sólo serán tres años. Acabaré la carrera en Berlín. Vendré cada verano, Amalian, te lo prometo.

Cállate, cállate, cállate. Cada palabra que decía le hería más y más. Se iba a otro país, y dentro de poco su padre comenzaría a trabajar, su madre gritaría, y el verano estaría tan vacío como el cerebro de un trol. Y las historias se pudrirían en el cofre de madera. El nudo en la garganta ya no le dejaba respirar, y las lágrimas se desprendían de sus ojos en contra de su voluntad.

Llorar es de débiles. Débiles. Débiles. Débil

No dejaría que la vieran sollozar. Se dio la vuelta lentamente y subió las escaleras, acelerando el paso a cada escalón. Oyó que su hermano la llamaba débilmente. Entró en su cuarto, cerró dando un portazo y puso el pestillo. No iría al instituto aquél día, y si su padre pretendía lo contrario tendría que echar la puerta abajo. Pero supo que la dejaría en paz. Se tumbó en la cama y cerró los ojos, ahogando un sollozo.

Débil.

Poco más tarde, se durmió. En aquel sueño borroso, Amalian estaba sola en el camino. Estaba anocheciendo, y su armadura de acero se oxidaba y se desprendía a cada paso que daba. La espada se le resbaló del cinturón de cuero ribeteado, y se agachó para cogerla. No pudo ni alzarla un palmo. La noche se cernía, y ella no era capaz de coger su espada.
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